Comprar una vivienda: El principio de ahorro debe ser el responsable de nuestra decisión

En la mayoría de los países hispanoamericanos existe una arraigada tradición en torno a la vivienda propia. Algunos, erróneamente, la consideran su principal activo. Para otros, aunque saben que se trata de un pasivo bastante grande para sus ingresos mensuales, se trata del principal motivo de invertir dinero.

En el caso estrictamente español, las personas destinan más del 50% del ingreso anual al concepto de la vivienda, directa o indirectamente. Los que ya tienen vivienda propia, lo dedican a pagar facturas diversas de servicios en la vivienda. Los que no la tienen, lo dedican al concepto del préstamo hipotecario.

Pero, detrás del hecho de encadenarse a una vivienda –por razones de arraigo cultural-, está un concepto políticamente olvidado, y es el del ahorro.

Perspectivas políticas para la vivienda principal

En muchos países de Hispanoamérica, la mejor –y hasta la única- forma de adquirir una vivienda principal es mediante el uso de los préstamos de hipoteca. Préstamos que, según el plazo, pueden representar un costo de 30% o hasta 50% de incremento con respecto al valor real del inmueble.

Una cuestión que, virtual y prácticamente, encadena a la persona a una deuda que se toma como mínimo 10 años.

En otros países, como Venezuela, el acceso a la vivienda es totalmente gratuito bajo ciertas consideraciones. Sin embargo, la realidad económica del país –producto de estas concesiones- evita que las personas puedan ahorrar, o puedan acceder a un préstamo por no contar con las condiciones económicas ideales para despertar la confianza de los bancos.

Entonces, por un lado se tiene una crisis estructural donde existen personas con obsesión por la compra de una vivienda; y por otro lado un sistema que evita que puedan existir planes alternativos de ahorro, siquiera para subsistir al mediano plazo.

¿Cuál sería la solución definitiva?

Desde luego, los puntos intermedios, tal y como señalan los ejemplos de políticas de vivienda en Finlandia, donde los sin-techo acceden a una vivienda totalmente gratis –ofrecida por el estado-, pero también a un empleo –o educación, si amerita- desde donde pueden retribuir al Estado toda la inversión realizada.

Un modelo que no sólo es efectivo para cortar el grifo de personas sin una vivienda propia –con las consecuencias culturales que esto tiene-, sino que también es efectivo en mantener las cuentas de la economía en números verdes, desde el aspecto global hasta el bolsillo del obrero.

Mucho nos queda por aprender todavía. Mientras tanto, algunos prefieren el alquiler.